Las últimas 48 horas han vuelto a sembrar de caos Afganistán y Pakistán. En Afganistán, un ataque a un edificio de la ONU en el barrio de Sherpur, en Kabul, ha acabado con la vida de al menos
trece personas, seis de ellas, trabajadores del organismo internacional.
El incidente ha afectado también a varias embajadas de la zona, entre ellas la
española. Y los aliados de los americanos cada vez se impacientan más. Las opiniones públicas en casa
aprietan. En la última reunión de la OTAN con estados de la zona se acordó
mantener el apoyo en Afganistán, pero no incrementarlo. Garantías, piden Sarkozy y Merkel, antes de dar pasos. Y supongo que, que el hermano de Karzai, jefe narcotraficante local, sea a su vez un
espía de la CIA no es suficiente garantía de estabilidad.
Por su parte, Pakistán ha sufrido el
peor atentado desde 2007 con 90 muertos y más de doscientos heridos. Mientras el ejército
lucha por controlar la provincia de Waziristan del sur, fronteriza con Afganistán, en Peshawar un coche bomba hacía explosión al mediodía en medio del mercado Peepal Mandi.
El ataque ha
coincidido con la visita en Islamabad de la Secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, que ha insistido en que Pakistán no está solo en la lucha contra la insurgencia Talibán. De hecho, esta semana se ha sabido que los drones americanos
están ayudando al ejército pakistaní en la operación militar de Waziristán, principalmente aportando información. Pero tanto Pakistán como Estados Unidos se han apresurado a negarlo. Y las razones son obvias.
Desde el inicio de las guerras drone, Estados Unidos y Pakistán han mantenido una política de
don’t ask-don’t tell. O lo que es lo mismo, “ojos que no ven, corazón que no siente”. De este modo, los líderes pakistaníes conseguían mantener el tipo ante la población local, y de este modo conservar el precario
equilibrio.
Sin embargo esa misma población está cada vez más hastiada de los ataques de los drones. No es para menos. Desde 2006, se
calcula que en torno a 350 civiles pueden haber perdido la vida en dichos ataques. Otras cifras elevan el número al doble. En cualquier caso, son muchos. Uno solo sería ya mucho. O si no que se lo digan al jefe de un clan tribal local.
Ahora puede que además obtengan la razón por la vía legal. Naciones Unidas ha
advertido de que las operaciones llevadas a cabo por los drones pueden caer fuera del marco legal de los derechos humanos. Ahora bien, está por ver si un hipotético -y muy remoto- cese de la actividad de los drones beneficiaría más a Estados Unidos o a los Talibán. Ambos desean continuar con ellos. Los primeros porque les permite operar en otro país sin arriesgar vidas de soldados ni desplegar un importante dispositivo logístico. Los segundos, porque lo agitan como medio de
propaganda y es su mayor arma de captación de reclutas.

Predator drone
Photo: Doug Pritchard
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